El cine que se resiste a desaparecer
Hablar del cine en México es hablar de resistencia. No de esa épica que venden los festivales, no. De la otra… la que se vive en silencio, con carpetas rechazadas, presupuestos incompletos y una terquedad casi absurda por contar historias. En ese terreno —árido, irregular— aparece el Fondo para la Producción Cinematográfica de Calidad (FOPROCINE), una figura que durante años intentó sostener algo más que películas: una idea de país.
¿Qué era FOPROCINE, en realidad?
El FOPROCINE fue un fideicomiso público mexicano creado en 1997, operado por el entonces Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (CONACULTA) y posteriormente gestionado por el Instituto Mexicano de Cinematografía (IMCINE). Su propósito parecía claro en papel: financiar proyectos cinematográficos de autor, de corte artístico, con una fuerte intención narrativa y estética.
Pero decir eso es quedarse corto.
Porque el fondo no estaba diseñado para competir en taquilla. No buscaba hacer dinero rápido ni producir fórmulas recicladas. Lo suyo era otra cosa… apostar por directores que todavía no existían en el mapa, por historias que no tenían cabida en el circuito comercial, por riesgos creativos que, en muchos casos, ni siquiera garantizaban retorno.
Era, si se quiere ver así, una especie de refugio.
El contexto: México, finales de los noventa
El nacimiento de FOPROCINE no fue casual. México venía de una crisis profunda en su industria cinematográfica. Durante los años ochenta y noventa, la producción nacional había caído de forma dramática; el cine mexicano estaba, para muchos, en estado crítico.
La creación de fondos como FOPROCINE —junto con otros mecanismos posteriores— respondió a una necesidad urgente: rescatar la producción cinematográfica desde una lógica cultural, no comercial.
Y ahí entra una pregunta incómoda…
¿Puede el Estado decidir qué historias merecen existir?
Tal vez no. Pero en ese momento, alguien tenía que intervenir.
¿Cómo funcionaba el fondo?
FOPROCINE operaba bajo convocatorias públicas. Los proyectos eran evaluados por comités especializados que analizaban:
- La calidad del guion
- La viabilidad de producción
- La propuesta estética
- La trayectoria del equipo creativo
No era un proceso sencillo. Tampoco rápido. Y muchas veces —hay que decirlo— no era del todo transparente para quienes quedaban fuera.
Los apoyos económicos podían cubrir una parte importante del presupuesto de una película, lo que permitía que proyectos independientes avanzaran sin depender completamente de inversionistas privados.
Y eso cambia todo.
Porque cuando el dinero no dicta cada decisión… el cine respira distinto.
El tipo de cine que impulsó
Las películas apoyadas por FOPROCINE no eran para todos. Y eso está bien.
Se trataba de un cine más introspectivo, más lento, a veces incómodo. Historias que no necesariamente buscaban agradar, sino decir algo. Directores que exploraban identidades, conflictos sociales, silencios, memoria.
Cine de autor, sí. Pero también cine necesario.
Como señala García Riera, uno de los grandes cronistas del cine mexicano:
“El cine nacional ha sobrevivido gracias a esfuerzos institucionales que privilegian la expresión sobre la rentabilidad” (García Riera, 1998, p. 312).
No es una frase menor. Es casi una sentencia.
¿Por qué era importante FOPROCINE?
Porque sin él, muchas voces simplemente no habrían existido.
Así de simple.
En un país donde la industria privada prioriza lo seguro, lo probado, lo que vende… FOPROCINE abría una puerta —pequeña, sí, pero real— para propuestas distintas.
Permitía que nuevos realizadores filmaran su ópera prima.
Que historias locales encontraran pantalla.
Que el cine no fuera únicamente entretenimiento, sino también reflejo.
Y en ese sentido, su impacto fue profundo, aunque no siempre visible para el gran público.
El problema: dependencia y fragilidad
Pero aquí viene la parte incómoda.
FOPROCINE también evidenciaba una dependencia estructural. El cine de autor en México, en gran medida, sobrevivía gracias al apoyo estatal. Y eso, aunque necesario, lo volvía vulnerable.
Cambios de gobierno. Recortes presupuestales. Decisiones políticas.
Todo podía alterar —o desaparecer— el fondo.
Como ocurrió.
En 2020, con la política de austeridad impulsada por el gobierno federal, los fideicomisos culturales fueron eliminados, incluyendo FOPROCINE. La justificación oficial hablaba de transparencia y eficiencia en el uso de recursos públicos.
Pero en el terreno creativo… el golpe fue real.
Y todavía resuena.
¿Qué se perdió con su desaparición?
No se trata solo de dinero.
Se perdió un espacio de confianza para proyectos arriesgados.
Se perdió continuidad en ciertos procesos creativos.
Se perdió, quizás, una forma de entender el cine como expresión cultural antes que como producto.
Claro, surgieron otros mecanismos, como estímulos fiscales o apoyos directos. Pero no son lo mismo. No operan igual. No tienen la misma lógica.
Y el cine… lo siente.
¿Era perfecto FOPROCINE?
No.
Tenía fallas. Muchas.
Procesos burocráticos. Decisiones cuestionables. Proyectos que nunca debieron ser financiados. Otros que quedaron fuera sin razón aparente.
Pero aun así —y esto es lo interesante— funcionaba.
Porque en medio de todo ese caos, lograba algo que hoy parece cada vez más difícil: darle espacio a lo distinto.
El dilema actual
Hoy el cine mexicano sigue produciendo. Sigue ganando premios. Sigue existiendo.
Pero la pregunta persiste, incómoda, insistente…
¿Quién está contando las historias ahora?
Y más importante:
¿quién decide cuáles se cuentan?
El modelo ha cambiado. El mercado pesa más. Las plataformas dictan tendencias. Y el riesgo creativo… bueno, ese se negocia.
Tal vez FOPROCINE no era la solución perfecta. Pero era un contrapeso.
Un recordatorio de que el cine no tiene que ser rentable para ser valioso.
Reflexión final
Creo —y esto ya es personal— que hablar de FOPROCINE es hablar de una época donde todavía creíamos que el Estado podía ser aliado del arte sin condicionarlo del todo.
Tal vez era una ilusión.
O tal vez era necesario creerlo.
Porque al final, el cine no vive solo de luces, cámaras y acción. Vive de decisiones. De apuestas. De quién se atreve a financiar una historia que nadie pidió… pero que alguien necesita escuchar.
Y en ese terreno, FOPROCINE dejó una huella.
Irregular, sí.
Imperfecta.
Pero profundamente humana.
Referencias
- García Riera, E. (1998). Historia documental del cine mexicano. Universidad de Guadalajara.
- Instituto Mexicano de Cinematografía (IMCINE). (2019). Anuario estadístico de cine mexicano.
- Secretaría de Cultura. (2020). Informe sobre la eliminación de fideicomisos públicos.